Las subjetividades atrofiadas

17 07 2009

Guadalupe Beatriz Aldaco
(Miembro del consejo editorial de Replicante; texto publicado en el sitio http://www.dossier-politico.com)

La compasión es una emoción inestable. Necesita traducirse en acciones o se marchita. —Susan Sontag, Ante el dolor de los demás.

Solo una conciencia omnisciente —como la del narrador de la novela clásica, que conoce, sostiene y controla sin excepción todos los hilos de la trama, de las escenas, de los personajes— podría evaluar en su real significado las contradicciones humanas que el caso de la guardería ABC ha puesto en descubierto. Por más agudeza crítica de que podamos presumir, escasamente podemos medir la magnitud de las zonas oscuras que el acontecimiento ha develado.
Por lo menos en estos momentos tan próximos a la tragedia, es difícil precisar y comprender el sentido profundo de las paradojas, los absurdos y las ironías exhibidas desde un principio y que, en una verdadera cadena fatídica, siguen presentándose.
Uno de los absurdos mayores es el que deviene del alejamiento dramático, impactante, que se resiste a ser comprendido, entre dos escenarios: uno, el de los padres de los niños fallecidos, invadidos de dolor e impotencia por las pérdidas y por si fuera poco avasallados ahora por la indignación y las humillaciones de que siguen siendo objeto, y otro, el de la bajeza moral con que se han conducido políticos, funcionarios y empresarios directa e indirectamente involucrados en el asunto.
Nada que no hayamos presenciado día con día desde el 5 de junio. Pero hay que repetirlo, sin que el cansancio llegue nunca.
Acotemos dos escenas: la de unos padres de familia expulsando de su cuerpo y de su alma un llanto en el que se mezcla el sufrimiento, la impotencia, la desesperación, el coraje, el desencanto vital, la desesperanza, el infierno emocional, y la de funcionarios ferozmente preocupados por salvar su imagen, su posición, sus cotos, sus canonjías, para seguir mordiendo, insaciables, los beneficios personales que les otorga el poder.
Grotesco, escandaloso el contraste.
Inaudito, intolerable dolor por un lado; indiferencia y descomunal cinismo por el otro.
Si se busca una frase que enlace esas dos aristas tan distantes, resultará una de un significado tan deleznable como ésta: el dolor de los demás se ha convertido en mero objeto de discurso politiquero.
¿Qué ingrediente está presente en la subjetividad de los actores políticos que les impidió gestionar desde un principio el cuidado y la atención absoluta de todos los afectados por la tragedia, sin escatimar recursos? Absoluta en este caso quiere decir integral: ayuda médica, económica, laboral, social, psicológica, psiquiátrica, espiritual, ¡tanatológica!; quiere decir la contratación de equipos de profesionales en cada área para procurar que a las víctimas les sea menos insoportable la existencia.
Más allá o más acá de las leyes y de la tan lejana justicia, lo que aquí interesa es reflexionar sobre la reacción de los hombres de poder frente a las experiencias de sufrimiento de los ciudadanos (no es fácil atreverse a decir “de sus semejantes”, porque pareciera que no lo son para ellos), sobre todo porque son quienes disponen de los elementos materiales para solventar situaciones críticas y extremas.
Se trata, sí, de la dimensión humana del problema. No de declaraciones, ruedas de prensa, promesas de apoyo, visitas protocolarias a los enfermos para cumplir con el requisito mediático de la foto, olvidando lo esencial; no de sumas y restas para calcular cuánto dinero les tocaría a cada familia por indemnización o como cumplimiento de un decreto; no de palabras, pues, sino de acciones concretas resultado de una verdadera consternación por la tragedia, de una solidaridad con el dolor humano.
¿Dónde está el seguimiento, el expediente de vida de cada uno de los padres de familia y niños afectados, que nos impediría pensar que no son, todos ellos, un conglomerado anónimo, despersonalizado, vacío de humanidad, para los gobiernos?
¿Por qué hay niños afectados sin la correcta atención médica? ¿Por qué no se impidió que algunas madres fueran despedidas o afectadas en sus trabajos por haberse ausentado durante los días posteriores a la desgracia?
¿Por qué se ha permitido que a las terribles pérdidas y a las consecuencias fatales de la catástrofe se sumen privaciones, desatención, pobreza, es decir, mayor sufrimiento?
¿Por qué la compasión, si es que existe, no se ha traducido en acciones tangibles, contundentes y efectivas, como quería Sontag cuando hablaba del dolor de los demás?
¿Qué ingrediente está presente, pues, en la subjetividad de los políticos contemporáneos (de éstos, de los que hablamos) que les impide afrontar las desgracias de sus congéneres con verdadero interés y solidaridad?
La respuestas son múltiples; una de ellas tiene que ver (y esto exige otro artículo) con que son, sin resistencia alguna, fieles portadores de los valores predominantes que hacen que el modelo neoliberal funcione, siempre a favor de una minoría y en perjuicio de las grandes mayorías. Son calcas, prototipos de los individuos que el sistema actual requiere para que la injusticia social siga predominando.

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