El pacto de los cínicos: la defensa del viejo orden nacional

16 06 2009

Andrés Lajous

A unos meses de las elecciones federales para la Cámara de Diputados, el murmullo del regreso de una mayoría priista cada vez es más ruidoso. Quienes quieren verlo con el frío análisis de elección racional sostienen que lo único que pasa es que la gente está eligiendo a mejores gobernantes, probados, frente a varios años de malos gobiernos. Otros ven este potencial regreso en tono celebratorio. Esperan espetar a todos los que hemos celebrado el fin de las mayorías priistas el famoso tea culpa de José López Portillo “Se los dije…”, tras nueve años de ineficaces gobiernos panistas. Unos más se rinden frente a lo que parece una tragedia griega. Actúan y dejan de hacerlo como si nuestro país hubiese nacido con una falla moral, por la cual hemos de pagar con el retorno del priismo como si tratara de un designio de los astros y no de errores con responsabilidades particulares.
Al mismo tiempo una parte de las élites de vez en vez logran hacer ruido al denunciar los pilares del viejo orden nacional. Se hacen ataques fundados y meditados, aunque sólo retóricos a sindicatos, como el SNTE y el STPRM; a oligopolios como los de comida, telecomunicaciones, servicios bancarios y construcción; a la dominación de las estructuras políticas informales sobre las formales, las relaciones familiares y clientelares, y a la renovada intervención de la Iglesia en la vida política. Sin embargo, poco se confrontan los sistemas de valores que mantiene unido este viejo orden en forma de palanqueta. Es decir, en nuestro arreglo social hay concepciones del bien que necesitan ser reproducidas para justificar la continuidad e incorporar pequeños cambios, que aunque hacen modificaciones al margen, ayudan a garantizarla. Sin estos valores que se reivindican de manera cotidiana, la palanqueta nacional sólo podría sobrevivir con el uso explícito y predominante de la fuerza, cosa que ni quiere ni puede hacer. Por lo tanto esos valores son el centro de su fortaleza y, al mismo tiempo, el punto más vulnerable del entramado que sostiene el orden particular con el que comenzamos el siglo XXI.
Haré referencia a dos valores que considero son los más sobresalientes y sigilosamente repetitivos en nuestra sociedad. Uno es el pactismo, entendido como la indiscutible preferencia del pacto por encima del conflicto; el segundo es el cinismo, entendido como la renuncia a perseguir consistentemente concepciones de lo bueno. Paradójicamente estos valores son reproducidos por emprendedores progresistas, que a veces con buenas intenciones críticas (a veces con malas) no logran dilucidar las consecuencias de sus argumentos o no les importan.

El pactismo
El 13 de febrero pasado (y otra vez el 13 de marzo) el Consejo General del IFE decidió por votación mayoritaria condonar a las televisoras por violar la ley después de que decidieron no cumplir las pautas oficiales para la transmisión de propaganda política. El argumento de los consejeros que votaron por el perdón fue que más valía un “acuerdo de voluntades” que imponer y cumplir sanciones de mala gana. En palabras del consejero Gómez Alcántar “una verdadera autoridad no es la que sanciona, sino la que resuelve los conflictos” (La Jornada, 14/02/09). En otras palabras, la verdadera autoridad es la que pacta, no la que cumple la ley.
El pactismo del Consejo General del IFE es sólo una muestra de una práctica común en nuestra sociedad que es festejada en forma masiva por nuestros productos culturales. La película Niñas mal (2007), de Fernando Sariñana, es un buen ejemplo de esto. La historia trata de una escuela especial para mujeres jóvenes que necesitan mejorar sus aptitudes sociales para ser parte de la “alta sociedad” en México. La pretensión del autor es criticar los valores tradicionales de la sociedad mexicana al confrontarlos con la liberación de las mujeres y la homosexualidad.
Hay cinco personajes en la película: la “niña fresa” con apellido alemán que se prepara para el matrimonio; la “niña nerd” que estudia economía en el ITAM y está enamorada de un estudiante de doctorado de Harvard; la “niña teta” que con su torpeza en la cocina hace sufrir a su madre; la “niña rara” a la que mandan a esa escuela para quitarle lo gay, y la “niña rebelde” que contra la voluntad de su padre quiere irse a estudiar actuación a Londres. La trama no es particularmente interesante y pasa por los lugares comunes del prejuicio reconsiderado que termina en amistad (i.e. nadie quiere a la lesbiana por lesbiana, excepto la rebelde, aunque al final todos la aceptan tal como es). Hasta ahí pareciera un azucarado y torpe intento por “reeducar” a la sociedad mexicana para ser más tolerante.
El clímax de la película es cuando la “niña rebelde” le dice sus “netas” a todo mundo en una cena organizada por su padre, quien quiere ser jefe de Gobierno del DF, a la cual están invitados el padre empresario de la “niña fresa” y el cardenal. Tras una pelea entre padre e hija, el cardenal y el empresario deciden retirarle su apoyo al político y todas las “niñas” quedan peleadas entre ellas. Lo importante es que el resto de la película trata de cómo la “niña rebelde” recapacita y pide perdón a cada personaje que ofendió y restablece las relaciones entre ellos. Al final de la película todos terminan en una boda bailando alegremente, donde el empresario, el cardenal y el político vuelven a ser cariñosos amigos. El orden cósmico había sido amargamente roto por la rebeldía y se reconstituye felizmente sin cambiar las relaciones de poder, excepto por la incorporación de la tolerancia hacia las personas homosexuales y “la liberación” de la “niña rebelde” que se va a estudiar actuación y termina como novia de Gael García Bernal.
La concepción del bien implícita no es muy implícita, pero pretende esconder la preservación del orden detrás una mínima crítica a la intolerancia. El pacto entre los poderes no sólo se reconoce sino que se legitima a través de la minicrítica. No será el pacto entre obreros, campesinos y militares de principios del priato, pero sí es el pacto fáctico que lo ayudó a sobrevivir en sus últimas décadas y el cual los gobiernos panistas han logrado reafirmar.

El cinismo
El 16 de marzo del año pasado el hoy Partido Social Demócrata (PSD) organizó una golpiza en contra de los disidentes del presidente del partido. La golpiza fue documentada en medios de comunicación y las autoridades del hotel donde se llevó a cabo hicieron público el video de las cámaras de seguridad, en contra de la voluntad del entonces presidente del partido, donde se comprobaba la participación premeditada de famosos “porros” para excluir a golpes a quienes apoyábamos a Patricia Mercado como candidata a la presidencia del partido (Reforma, 06/04/09). Ese mismo partido hoy tiene plagada la Ciudad de México con espectaculares donde declara que “las cosas no se solucionan a balazos” (habría que añadir: “pero sí a madrazos”). La sanción jurídica y social al comportamiento de quienes organizaron la golpiza ha sido menor. En vez de juzgar los actos y a sus responsables es más común escuchar como argumento la reafirmación cínica de que “así es la política en México”, porque acá no hay suecos, “Acá sólo hay mexicanos…” (Carlos Puig, Milenio, 22/03/08).
El cinismo que prevalece en las prácticas políticas no cumple lo que promete quien argumenta que está más apegado a la realidad. Es decir, el cinismo no da instrumentos incisivos ni sirve para movilizar soluciones. De hecho logra todo lo contrario, desmoviliza cualquier crítica a través de la predeterminación estructural y hasta cognitiva. El caso del PSD es un buen ejemplo porque los victimarios acusaban a sus disidentes de ingenuos, de querer construir lo que sólo es posible en la imaginación, y que sólo con la dosis del realismo de la violencia aprenderíamos a hacer política como se hace donde sólo hay mexicanos.
Para Carlos Cuarón el problema no es que no haya suecos, sino que no haya argentinos, que —dice— a simple vista son “leídos y cultivados”. Según él, “el mexicano no perdona el éxito a nadie” y por eso su película Rudo y Cursi (2008) recibió tantas críticas negativas en nuestro país (Reforma, 08/01/09). Cuarón, de la misma manera que Sariñana, pretende hacer crítica social y también logra lo contrario. Sus personajes, Rudo y Cursi, por azar (y un poquito de esfuerzo) se vuelven jugadores de futbol nacionalmente famosos aunque vienen de un pueblo costeño a todas luces pobre. La trama tiene varias oportunidades en las cuales el final trágico es evitable, sin embargo, paso a paso se va construyendo la tragedia como salida única y predeterminada. Después de unos meses de fama y riqueza ambos personajes caen en desgracia por la falla de origen: la mentira que se repiten uno a otro, portero y tirador, sobre cómo hacer trampa para anotar un gol. Tras la tragedia (que incluye la pérdida de la pierna de Rudo) regresan a casa no a vivir en las mismas condiciones de pobreza, sino en condiciones un poco mejores porque su hermana menor se casa con el narcotraficante de la zona, quien les da empleo.
De lo que no se da cuenta Cuarón es que, al pretender ser “realista” con un final cínico, en vez de criticar legitima. Si ser exitoso en nuestro país es imposible, entonces mejor quedarse sin pierna mantenido por un narcotraficante que quedarse sin pierna y sin alguien que te dé trabajo. La aceptación del narcotráfico como el único segundo lugar posible tras el éxito imposible es una concepción del bien particular. No es una “realidad” irremediable como pretende el autor, sino una realidad aceptada y reafirmada por la producción cultural (y los poderes que lo son). El mensaje es una vez más que en el país de “así son las cosas” lo mejor es no intentar, te ahorras perder una pierna y mejor te vas directo al narco sin antes pretender algún éxito legítimo. ¿Para qué participar si nada cambia? No es que el mexicano no perdone el éxito, sino que Cuarón no perdona el éxito de sus personajes para no ser acusado de tener ilusiones hollywoodescas. Prefiere no inventar o recuperar una concepción alternativa de lo bueno. El cinismo se vuelve un instrumento más de quienes ya son poderosos para seguir siéndolo, para aplacar la confrontación. En la depresión del cinismo se mantiene el viejo orden con un mantra que dice: mejor no intentes otra cosa, pues más sabe el diablo por viejo que por diablo.
Si las mayorías priistas están por regresar es porque la lógica de sus existencia no ha desparecido. El pactismo con el que sobrevivieron durante décadas entre obreros, campesinos, militares, burócratas y empresarios simplemente se ha transformada en el pactismo de los órganos autónomos, con la clase política, la Iglesia y los oligopolios económicos. El cinismo que justificaba la violencia política y el fraude electoral hoy justifica la desigualdad social, la debilidad estructural del Estado (y del Estado de derecho), la desmovilización de la sociedad. Los valores que sirven como pegamento a la palanqueta nacional no han cambiado, la jaula de la melancolía no ha sido destruida. Pero más grave aún, quienes fueron o podrían ser ácidos críticos de estos valores que permiten la supervivencia del viejo orden en vez de enfrentarlo parece que lo critican para aceptarlo. Si el viejo orden sobrevive en manos del PAN y se recupera en manos del PRI no será por obra del destino, sino por nuestra incapacidad colectiva para construir potentes concepciones alternativas de lo bueno. Será por el temor a confrontar nuestro presente con la imaginación. Si el PRI regresa será porque los cínicos y los críticos han pactado.

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One response

13 07 2009
pacoy

NECESITO TIEMPO PARA UN COMENTARIO MÁS NUTRIDO Y CONCIENTE, PERO FELICITO AL AUTOR Y SE AGRADECEN LAS RESPUESTAS, PERO AUN MÁS LOS DEBATES QUE SUS SENTENCIAS DESENCADENAN…

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