Simpatía por el diablo

25 05 2009

Publicado por Rogelio Villarreal en Milenio semanal, el 24 de mayo.

El libro de Carlos Ahumada Derecho de réplica podría llevar como subtítulo “De la honestidad valiente a la corrupción cobarde”. La historia del empresario mexicano —sí, mexicano por naturalización— extorsionado por funcionarios perredistas contiene todos los elementos de una tragedia cinematográfica. En clave confesional y que se quiere autocrítica Ahumada exhibe —con redacción chabacana y a menudo sensiblera— su fanfarronería de tintes megalómanos y la torpeza casi suicida que lo llevaron a empantanarse en una red de relaciones perversas de la que saldría muy mal librado: su detención en Cuba y 1,131 días de prisión en México; la traición de sus abogados, de Carlos Salinas y de Diego Fernández de Cevallos; amenazas a su familia, la pérdida de sus empresas y el escarnio mediático (véanse las fotografías donde aparece en calzones tomadas y publicadas por La Jornada y Proceso en el Reclusorio Norte, al mejor estilo del amarillento Alarma!).
Derecho de réplica está conformado por las respuestas a las preguntas de dieciocho periodistas —Ahumada invitó a 39 de ellos, pero solamente ésos accedieron a cuestionarlo. Luis González de Alba lo interroga: “¿Cómo se te ocurrió la buena idea de videograbar y por qué resultó tan mal lo que debió ser una bomba que no dejara ni polvo del Mesías?”
Lo que había empezado como una relación de trabajo entre la constructora de Ahumada —Grupo Quart— y varias delegaciones del Distrito Federal se convirtió en una espesa maraña de contratos y transacciones que comprendían la realización de obra pública, contribuciones al financiamiento de campañas políticas y la entrega de millones de pesos a René Bejarano y Gustavo Ponce —operadores de López Obrador—, quienes le aseguraban que así conseguirían la liberación de pagos por trabajos ya hechos. El entonces jefe de Gobierno del D.F. tenía la vista puesta en la presidencia del país y necesitaba eliminar de la competencia a sus rivales Rosario Robles y Cuauhtémoc Cárdenas, lo que consiguió con métodos antidemocráticos. La relación sentimental de Ahumada con Robles, ex jefa de Gobierno, había provocado el castigo de López Obrador al Grupo Quart, a pesar de que éste había ganado la licitación para construir los segundos pisos del periférico (de los que no se sabrá su costo sino hasta 2016). La voracidad de Bejarano, Ponce e Ímaz parecía no tener límites, por lo que Ahumada decidió grabarlos para poder demostrar apenas una parte de la inexistente honestidad del gobierno obradorista.
Desesperado, Ahumada narra que recurrió a Salinas de Gortari y a Fernández de Cevallos para que coordinaran la exhibición de los videos en la televisión. La reacción de López Obrador es demasiado conocida: desdeñó la podredumbre frente a sus narices y se dijo víctima de un complot —sin importarle que esa acción dejara al descubierto su propia descomposición.
Alentado por Salinas, Ahumada trató de refugiarse en La Habana, pero fue apresado y vejado por la dictadura de Fidel Castro. Deportado a México, la terrible venganza de López Obrador cayó con toda su furia: pasó más de tres años en la cárcel, sin un juicio apegado a derecho, con cargos falsos e incomunicado con la prensa —como en un Estado totalitario. Su familia sufriría incluso un atentado.
Hay dieciocho periodistas que podrían confirmar, precisar o refutar la versión de Carlos Ahumada, pero, sin duda, éste aprendió la más ruda lección de su vida. “No soy un santo, pero tampoco soy un diablo”, escribe.

Sin derecho de réplica
Luis González de Alba (Milenio diario, 25 de mayo)

Carlos Ahumada, mexicano por voluntad propia y no por azar de dónde nos parieron nuestras madres a los mexicanos por fatalidad, debió estar a 13 mil kilómetros de México para poder decir lo que no se le permitió durante tres años en la cárcel.

Yo escribí Los días y los años, mi narración del 68 contraria a la versión imperante del gobierno, en la cárcel de Lecumberri, llamada El Palacio Negro; escribí en una máquina de escribir que no fue introducida de forma clandestina, sino llenando una solicitud a la dirección del penal, compré papel en la tienda y contradije punto por punto la historia oficial. El gobierno estaba en manos de los presidentes Díaz Ordaz y Luis Echeverría, los feroces genocidas. Mi libro fue publicado por una editorial mexicana, ERA, y salió a la venta a todas las librerías. Se tardó unos meses en convertirse en best seller porque no hice una historia de los buenos derrotados por los malos, pero la podía haber escrito así. Es decir: no entorpeció el gobierno represivo y cruel de la torva burguesía aliada con el imperialismo ni la escritura, ni la impresión, ni la distribución.

Cuando mi libro apareció, a fines de enero de 1971, yo aún estaba preso en Lecumberri, o sea en las garras de los genocidas… Ningún comando fue por mí en la madrugada, nadie me puso una madriza.

Estuvimos un tiempo similar los presos del 68 y Carlos Ahumada, él un poco más pero, para su desgracia, no lo hicieron preso Díaz Ordaz ni Luis Echeverría, sino López Obrador y Alejandro Encinas. Por eso no le permitieron dar la conferencia de prensa que ahora está en librerías con el título Derecho de réplica. El mismo Alejandro Encinas que todos los domingos entraba a visitar a su amigo Pablo Gómez sin pasar por más molestias que las comunes, no le permitió las comodidades que el gobierno represor nos permitió a nosotros: televisores, radios, máquinas de escribir, libros, guitarras, flautas, partituras. Enviábamos cartas a las asambleas y se leían en altavoces. Teníamos derecho de réplica.

El mismo Alejandro Encinas, que sacaba sin problema documentos escritos, a máquina, en la cárcel por los dirigentes del Partido Comunista —su partido entonces, ahora es el PRID— llevó a un empresario mexicano extorsionado por el gobierno del DF a coserse los labios en protesta por el silencio que se le impuso. No tienes madre, Alejandro, y te pudrirás en el Infierno oyendo los discursos ñoños del Loco López por toda la eternidad para tu tortura.

Nosotros pusimos al DF de cabeza, no ordenamos desde la dirección, pero admitíamos la quema de camiones y trolebuses como males necesarios para contener una arremetida de granaderos. Carlos Ahumada lo que hizo fue cubrir al PRD de millones de pesos para sus campañas, millones nunca declarados por el PRD, calcula que unos 400 millones de pesos.

El gran error de Ahumada fue que esos cientos de millones los dio a la tribu perredista de Rosario Robles, no a la del Loco López, LoLo para abreviar, que fue luego la tribu que le puso una patada a los Cárdenas y a Rosario. ¿Es que no entienden?: LoLo se hizo en el PRI, dirigió el PRI, pidió puestos al PRI y sólo cuando no se los dio, renunció y denunció la corrupción del PRI. Así que sus métodos son los del PRI, pero refinados y bendecidos por asnos de “izquierda” que con ese halo de santidad lo han vuelto invulnerable.

Ese fue el crimen de Carlos Ahumada. Salimos de Lecumberri los presos del 68 y los que quisieron se convirtieron funcionarios, en senadores y diputados, unos de oposición y otros del PRI, pero con iguales salarios que superan el millón anual, más prestaciones, viáticos, pago de banquetes en El Cardenal, masajes y manicure, que superan el millón mensual. Ahumada salió de la mazmorra donde lo tuvo la “izquierda”, sin acceso a todo lo que los genocidas nos permitieron a nosotros, para ver todo su patrimonio perdido: sus empresas rematadas para pagar acreedores y empleados.

Y ahora LoLo va por esos andurriales gritando que Ahumada le da la razón, que sí hubo compló: ¡pero claro, idiota!, por supuesto que te querían acabar, como tú los querías, y los quieres, acabar a ellos. Te hicieron lo que tú les habrías hecho con videos en los que el secretario particular de Fox recibiera maletas de dólares y su secretario de Hacienda jugara millones en Las Vegas. Pero tú lo habrías hecho bien. Estos fallaron el golpe porque, como dijo Rosario, LoLo es un gato con nueve vidas.

http://www.luisgonzalezdealba.com

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