Ya no quiero ser mexicano

25 02 2009

Publiqué este texto en Milenio semanal el domingo 15 de febrero.

En la novela de Cormac McCarthy Meridiano de sangre [1985] el juez Holden dice: “En México no hay gobierno. Qué diablos, en México no hay Dios. Ni lo habrá nunca. Nos enfrentamos a un pueblo manifiestamente incapacitado para gobernarse. ¿Y sabes lo que ocurre con el pueblo que no sabe gobernarse? Exacto: que vienen otros a gobernar por ellos”. Aunque el demoniaco exterminador de indios y mexicanos se refería al México de 1847, esta sentencia podría haber sido proferida hoy, cuando el crimen mantiene en jaque al Estado y a la población y la clase política ha hecho retroceder mezquinamente el avance de una democracia macilenta, en la antesala de una crisis que será devastadora si hemos de creer a Carlos Slim.
Según datos de la Procuraduría General de la República, en 2007 se cometieron más de un millón y medio de delitos —violaciones, atracos, asaltos, robos, fraudes, secuestros y homicidios: cerca de 1,500 por cada cien mil habitantes—, y es de esperarse que la cantidad aumentó notoriamente en los últimos dos años, sobre todo si consideramos la cifra negra de los delitos no denunciados y no registrados en las estadísticas [www.icesi.org.mx]. Por cierto, muchos mexicanos también señalan como delincuentes a la mayoría de los congresistas y funcionarios, cuyo botín es el país entero.
Mauricio Bares encontró un afortunado título para su libro de crónicas Ya no quiero ser mexicano [Nula, 2007], que tomo prestado para esta nota. “Estoy convencido de que existen muchos más mexicanos de los que yo calculo que ya no desean serlo, incluido yo”, confiesa el también literato J.M. Servín en el prólogo a esa sarcástica colección de relatos. ¿A qué se debe este creciente y loable desprecio a la idiosincrasia nacional priista-guadalupana? Puede ser que, al vernos reflejados en el espejo de nuestros gobernantes, legisladores y narcotraficantes, nos aterra y escandaliza la imagen que nos devuelve. No es del todo cierto que los pueblos tienen los gobiernos que se merecen, pero sí que quienes nos “dirigen” provienen de nuestras filas. El poder, el acceso a las arcas y la impunidad hacen el resto: “Yo no quiero que me den, sino que me pongan donde hay”.
Personalidades y organizaciones ciudadanas han expresado públicamente no sólo su hartazgo y frustración, sino también su reclamo a las autoridades para que rescaten el Estado de derecho. Hasta ahora, eso ha sido en vano. ¿Cómo recuperar el país para esa franja de mujeres y hombres atrapados entre dos fuegos? “¿Tiene México compostura?”, pregunta desde Tijuana el crítico Heriberto Yépez. “El sentido común responde que sí, pero hace falta ser un bobo, miembro de algún partido o profesional de la retórica vacía para creer que México aún tiene salvación como proyecto humano. Nos hemos convertido en una amenaza grave para la existencia de la humanidad en este territorio. Esta cultura fracasó. Como narcopaís, donde imperan la fraudulencia, la corrupción, la pobreza económica y espiritual, la mentira mediática, la puerca ‘Neta’ popular, la absurda fe religiosa, la impunidad e irresponsabilidad total, la única solución”, concluye Yépez drásticamente, “es erradicar la cultura mexicana”.
Un atisbo de solución podría ser, mediante la educación, empezar a despojarnos de esos atavismos de una vez y para siempre y trascender esa falsa identidad plagada de mentiras oficiales. El dilema es si podremos transformarnos en un país exitoso o iremos directo al fracaso. ¿O dejaremos que sean otros los que nos gobiernen, como advertía el juez Holden?
—Rogelio Villarreal

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2 responses

27 02 2009
Pablo Santiago

Pues yo cada día quiero serlo más: ¿hacemos un cambio de identidad? Eso sí, sin derecho a devolución.

Ya en serio: siempre son otros los que nos gobiernan. Cada día se demuestra de forma más nítida, sólo hay que abrir los ojos. Aquí en nuestro país tenemos una partitocracia, una pseudodemocracia forma: los políticos son escogidos por los aparatos, y luego mandan al pueblo que vote por ellos, no hay otra opción. Esos políticos salen de esferas de poder determinadas -en el parlamento no se sientan campesinos ni fontaneros, se sientan médicos, abogados, bancarios, funcionarios de carrera, profesores- que apenas conectan con los niveles “populares”. La brecha entre nuestra clase política y la calle es cada día más amplia; la diferencia entre derecha e izquierda se ha eliminado: son meros gestores todos. Y el Estado de Derecho sigue viciado con leyes y estamentos que aún beben en el franquismo y en el opusdeísmo. Los niveles de corrupción están creciendo muy rápido. Eso sí, y no es consuelo alguno, creo que ustedes los mexicanos están un poco peor. O mucho, vale.

27 02 2009
Rogelio Villarreal

Efectivamente, Pablo, creo que acá estamos mucho peor… Basta ver las noticias!

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